La pesca de la perla.
La Perla es la primera gema de la humanidad, perfecta de origen y de belleza natural. Las grandes civilizaciones la hicieron símbolo de la virtud, la sabiduría, el poder y la riqueza, elevándola al estatus de la “Reina de las gemas”.

El comercio de perlas en México es tan antiguo como la época precolombina, cuando comerciantes mayas o aztecas recorrían los confines de sus imperios para buscar magníficas perlas para sus gobernantes y dioses. Después de la conquista del Nuevo Mundo por parte de los españoles, varias expediciones fueron enviadas para descubrir el “Mar de Perlas”, pero fue hasta que Hernán Cortés se incorporó en una de las expediciones en 1535 que encontraron la fuente de estos tesoros, por eso en el Golfo de California se sigue manteniendo el nombre de Mar de Cortés.

Siglo XVII. El siglo de los Buscadores de Perlas.
Las expediciones destinadas a colonizar la “Isla” de Baja California continuaron en la segunda mitad del siglo XVII. Hoy, sabemos que es una península, así que es una sorpresa encontrarse con todos esos mapas que la presentan como isla, especialmente, dado que tenían el testimonio de Francisco de Ulloa quien, bajo las órdenes de Cortés, había explorado y cartografiado todo el Mar de Cortés (también conocido como Golfo de California). Pero, a los piratas ingleses y holandeses, quienes se dedicaban a atacar mercaderes españoles, se les ocurrió la idea de la isla y el mundo les dio crédito. La expediciones de estos tiempos eran todas privadas así que las colonizaciones sólo eran pretextos para recibir los permisos y poner todos sus esfuerzos en la pesca de perlas. Los resultados variaron; llegaron con asombrosas perlas pero a muy alto costo. Por no mencionar las dificultades: los peligros a la navegación, la hostilidad de las poblaciones nativas, la ausencia de tierras cultivables, la falta de fuentes de agua dulce, y, finalmente, los ataques de los piratas. Aun así, cada nuevo explorador ignoraba las malas noticias y preparaba su nave con distintos tipos de rastrillos para el fondo o campanas de buceo hechas de madera y plomo. En su mente, cada explorador tenía la certeza de que superaría todo problema y volvería con un maravilloso tesoro perlífero, y esa es la razón por la cual, en las costas del mar de Cortés, algunas personas aún se refieren al siglo XVII como el siglo de los buscadores de perlas.

Cuando las expediciones encontraron Pericúes (los pobladores originales del extremo meridional de la península de Baja California, por lo que más se les conoce es por sus pinturas rupestres), éstos últimos se mostraron muy amigables, y fijándose en el interés de los exploradores por las perlas, siempre se mostraron dispuestos a intercambiar perlas, junto con pescados y pellejos bien curtidos, por cuchillos, utensilios, o adornos. Más de un marinero trató de desertar y permanecer con estos indígenas en la esperanza de encontrar perlas para sí mismos, claro, los encontraban y los obligaban a regresar. Las perlas intercambiadas eran, la mayor parte del tiempo, ahumadas o quemadas, y acanaladas; las ostras perleras habían sido abiertas en las fogatas porque lo que más les importaba era la carne. Los Pericúes cuidaron bien su relación con los españoles debido a sus guerras constantes con otro grupo, los Guaycuras.

La colonización no avanzó, hasta que a los jesuitas se les dio la autorización de colonizar al país con sus propios recursos. Aquella congregación llegó a ver a las perlas como un obstáculo que distraía a los soldados asignados a proteger a las misiones, así que, prohibieron la pesca de perlas.

Para aprender más sobre las pesca de perlas:
Miguel León-Portilla. 1970, “El ingenioso don Francisco Ortega, sus viajes y noticias californianas, 1632-1636”, Estudios de Historia Novohispana, México, UNAM-HH, 1970, vol. III, pp.83-128
Miguel León-Portilla. 2001. Cartografía y crónicas de la Antigua California. 2a ed. IIH de la UNAM

La pesca de perlas en el Estado de Sonora
Los primeros escritos que mencionan a la actividad perlera en el estado de Sonora son del siglo XVIII, en ellos podemos ver que la ciudad de Hermosillo fue originalmente fundada como presidio para proteger el paso al Norte, la mina de La Colorada y a los pescadores de perlas.

En el año 1741 Agustín de Vildósola ascendió a Gobernador de Sonora y Sinaloa. Se distinguió por sus actividades contra los indios rebeldes , la introducción de la vid, la paz temporal con las misiones jesuitas y por impulsar a los armadores de perlas.

“En enero de 1741, el padre Jesús José Javier Molina, un sacerdote Jesuita que era misionero en Tecoripa y visitador de las misiones norteñas, le propone a Vildósola, la división de la gobernación en dos gobiernos independientes: uno que comprendiera desde el real de los Álamos hasta la Pimería Alta donde proponía la fundación de un nuevo presidio ya fuera en El Pitiquín o en San José de Pimas, donde residiría su capitán con el propósito de proteger el territorio de los Yaquis, Guaimas y Seris quienes desde tiempo atrás se venían sublevando y atacaban constantemente a los Pescadores de perlas de Cabo Tepoca”…

“Vildósola aceptó la propuesta de Molina, y el 17 de marzo de 1741 le propuso al virrey don Pedro de Castro Figueroa y Salazar, Duque de la Conquista, la erección de un presidio con cien soldados en El Pitiquín”…

“el 22 de junio de 1741 por órdenes del Virrey de la Nueva España don Pedro de Castro Figueroa y Salazar, Duque de la Conquista, se autorizó la fundación del Presidio de San Pedro de la Conquista del Pitic.”

Ese presidio es el origen de lo que hoy en día es Hermosillo Sonora, una de las ciudades más importantes del Noroeste de México.

Entrecomillado: Lagarda, I. 2007. Historia de Hermosillo. Ed. IMCA. Hermosillo, Sonora. Este libro se puede descargar desde el sitio de la Sociedad Sonorense de Historia siguiendo este enlace: Historia de Hermosillo.

Siglo XIX. La Pesca de Perlas se vuelve Industrial.
Al inicio del siglo XIX, las Perlas del Mar de Cortés, con su distinguido colorido, se portaban con gran orgullo por la alta sociedad de la Nueva España. Y en verdad conocían de perlas, no sólo podían adquirir las que se pescaban en el Mar de Cortés, además, tenían acceso a las que llegaban con la Nao de China desde Asia. El escritor Guillermo Barba recrea la escena en la que María Ignacia Rodríguez de Velasco (la Güera Rodríguez) conoce a Doña Inés de Jáuregui y Aróstegui, esposa del recién llegado virrey Iturrigaray a la Ciudad de México. Una amistad que sería de consecuencia en estos territorios americanos. El libro es La Conspiradora de Editorial Planeta, lo pueden conseguir en este enlace: La Conspiradora.  Hemos consignado un pequeño extracto del relato en este enlace.

Las perlas Mexicanas fueron las primeras “Perlas negras” y “Perlas de los Mares del Sur”.
Las perlas que aquí se encontraron fueron conocidas durante cientos de años como “Perlas negras” debido a que no eran blancas, podían ser de muchos colores diferentes, pero, cuando finalmente se descubrieron las perlas negras de la Polinesia Francesa, que esas si llegaban a ser totalmente negras debido a la melanina presente, cambió el uso de ese nombre y pasó a referirse a estas perlas polinesias. Aún así, los ecos de esos siglos XVI al XIX resuenan hasta nuestros días y hay mucha gente que las sigue buscando bajo esa denominación.

“Mar del Sur” fue otro nombre que tuvo el Océano Pacífico cuando Vasco Núñez de Balboa lo descubriera realizando un recorrido de Norte a Sur al cruzar Panamá, por lo tanto, las originales “Perlas de los Mares del Sur” son estas de las especies del Pacífico Americano. Sin embargo, hoy día esta denominación se usa para las perlas que provienen de distintas ostras perleras de las costas de Asia y Oceanía.

El primer criadero de ostras perleras en el mundo.
Hacia finales del siglo XIX los bancos perleros del Mar de Cortés comenzaron a evidenciar un agotamiento debido a la sobrepesca y para evitar que la Perla Mexicana desapareciera, Gaston Vivès desarrolló el primer criadero de ostras perleras del mundo, a comienzos del siglo XX, utilizando a la madreperla, Pinctada mazatlanica, y llegó a tener 10 millones de organismos vivos y 1000 trabajadores que laboraban principalmente en la isla Espíritu Santo, enfrente de La Paz en la compañía Criadora de Concha y Perla.

Las conchas de madreperla aportaban un ingreso constante a la granja, salían, desde La Paz, barcos cargados de cajas de concha a Europa y Estados Unidos. Pero, además, Gastón Vivès estuvo exportando entre 200 y 500 perlas naturales al año. Las ostras no se operaban, la formación de la perla dependía de los procesos naturales.

La granja llegó a su fin en medio de las revueltas de 1914, cuando un competidor del Sr. Vivès levantó un improvisado ejército para llegar a destruir las instalaciones, robar las perlas y quemar los documentos de la Compañía. Para ver unas fotos de lo que quedó de la granja de Gastón Vivès, haz click aquí.

El renacimiento de la actividad perlera en el Golfo de California
En 1991, nace la idea, de hacer un proyecto de acuacultura utilizando especies no tradicionales de gran valor: las ostras perleras, y tres estudiantes de Ingeniería Bioquímica se lanzaron con tenacidad, serenidad y buen ánimo tras el sueño de cultivar estas perlas de leyenda.

El primer paso fue investigar aspectos básicos de la reproducción y el crecimiento de las dos especies: Pteria sterna y Pinctada mazatlanica. La operación para obtener una perla cultivada era una pieza clave que seguía faltando y, en esos años, era una técnica dominada y controlada por el gremio de implantadores japoneses, quienes consideraban traición a la patria enseñarle a alguien que no fuera japonés. Por lo tanto, la técnica se tuvo que desarrollar partiendo de cero a través del lento proceso de prueba y error. Esto quizá no fue tan malo, ya que las especies del Mar de Cortés tienen marcadas diferencias con las ostras perleras asiáticas y quizá sea mejor para una especie diferente una técnica diferente y no una adaptación forzada de la técnica ya existente. Todavía hoy, después de tantos años, la técnica sigue precisando ajustes.

Historia

Hay leyendas que nunca mueren.